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Cuento
Oficios subterráneos
Solemos referirnos a la vida de las personas. “¿Cómo está tu vida?”, preguntamos. Pero sería más preciso hablar de las vidas de las personas. Tal como propone Whitman en Canto a mí mismo: “¿Qué me contradigo? / Sí, me contradigo. Y ¿qué? / (Yo soy inmenso y contengo multitudes)”; es probable que vivamos –a menudo imaginaria pero no menos intensamente– varias vidas. Dice Silvia Iparraguirre, en su libro La vida invisible: “Muy pronto en mi vida (la frase es de Marguerite Duras) supe, no con la razón sino como se saben las cosas de la naturaleza, que vivía dos vidas: una visible y otra invisible. En la vida visible estaban mis padres, mi hermana, mi casa, la escuela. La vida invisible empezaba y terminaba con la lectura. En ella convivían ballenas blancas, castillos de Escocia, momias y pirámides, los caballeros del rey Arturo, un hombre naufragado en una isla desierta”. Quizá los mejores momentos que atravesamos durante la experiencia adulta sean aquellos que permanecen estrictamente ajenos al manual de estilo de la adultez, los que ocurren cuando logramos recuperar algo de aquella incredulidad suspendida que nos ofrece la cosmovisión de la infancia, cuando la condición humana (seres condicionados por la imaginación) aflora sin vergüenza cívica. Los oficios son una de las vidas en las vidas y son elecciones acerca de qué hacer con nuestra fuerza creativa. Oficios subterráneos pispea algunas historias posibles entre las infinitas historias de las infinitas vidas.
Astor Vitali nació.
