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Poesía

 

 

La canción del arrozal

En un breve relato incluido en La muralla china, Kafka notó que, a riesgo de desmoronarse, el deseo de dejar pasar a través puede transformar a un hombre en puente. Hijo de madre griega y padre irlandés, Lafcadio Hearn abrazó Japón quizá para transformarse en eso mismo. Prueba de ello es La canción del arrozal, una delicada serie de observaciones minúsculas que procuran no solo poner al mágico mundo del Japón tradicional ante la mirada occidental sino también “abrir oídos”.

Acaso el tratado De Anima, de Aristóteles, sea uno de los cimientos teórico-filosóficos sobre los que comenzó a edificarse la primacía óptica-háptica de nuestra sensibilidad occidental. Allí se establece una jerarquía entre los cinco sentidos en la que el tacto (que garantiza la vida animal) y la vista (perfecta en el hombre) asumen una posición central. ¿Cómo suponer una orientación estética similar para ese Japón amante de las sombras tan añorado, por ejemplo, por Tanizaki? [“A la luz del día, qué poco interesante eres, rana”].

Debemos al occidental más crítico de Occidente, Friedrich Nietzsche, un primer llamado de atención respecto de esta tiranía óptica-háptica; que se conjuga de mil maravillas en la Era Digital. No solo rescató la importancia del olfato sino, además, como hace Hearn registrando voces cantantes, el sentido de la audición. Por boca de su profeta Zaratustra (aunque bien podría haber salido de la de la rana kajika o la cigarra higurashi), Nietzsche hizo una advertencia que vale para futuros lectores de este libro lleno de pequeñas melodías: “Cantaré mi canción… y a quien todavía tenga oídos para oír cosas inauditas, a ese voy a abrumarle el corazón con mi felicidad”

Leandro Surce

 

 

 

Patrick Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia; 27 de junio de 1850-Tokio, 26 de septiembre de 1904) fue un periodista, traductor, orientalista y escritor británico (Léucade estaba entonces bajo administración británica), de madre griega y padre Irlandés (Irlanda estaba entonces también bajo administración británica), que dio a conocer la cultura japonesa en Occidente.

Mantuvo su nacionalidad británica durante la mayor parte de su azarosa vida,1​ hasta que, tras llevar un tiempo establecido en Japón, se nacionalizó en ese país, adoptando el nombre de Yakumo Koizumi.

 

La canción del arrozal, Lafcadio Hearn

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La canción del arrozal

En un breve relato incluido en La muralla china, Kafka notó que, a riesgo de desmoronarse, el deseo de dejar pasar a través puede transformar a un hombre en puente. Hijo de madre griega y padre irlandés, Lafcadio Hearn abrazó Japón quizá para transformarse en eso mismo. Prueba de ello es La canción del arrozal, una delicada serie de observaciones minúsculas que procuran no solo poner al mágico mundo del Japón tradicional ante la mirada occidental sino también “abrir oídos”.

Acaso el tratado De Anima, de Aristóteles, sea uno de los cimientos teórico-filosóficos sobre los que comenzó a edificarse la primacía óptica-háptica de nuestra sensibilidad occidental. Allí se establece una jerarquía entre los cinco sentidos en la que el tacto (que garantiza la vida animal) y la vista (perfecta en el hombre) asumen una posición central. ¿Cómo suponer una orientación estética similar para ese Japón amante de las sombras tan añorado, por ejemplo, por Tanizaki? [“A la luz del día, qué poco interesante eres, rana”].

Debemos al occidental más crítico de Occidente, Friedrich Nietzsche, un primer llamado de atención respecto de esta tiranía óptica-háptica; que se conjuga de mil maravillas en la Era Digital. No solo rescató la importancia del olfato sino, además, como hace Hearn registrando voces cantantes, el sentido de la audición. Por boca de su profeta Zaratustra (aunque bien podría haber salido de la de la rana kajika o la cigarra higurashi), Nietzsche hizo una advertencia que vale para futuros lectores de este libro lleno de pequeñas melodías: “Cantaré mi canción… y a quien todavía tenga oídos para oír cosas inauditas, a ese voy a abrumarle el corazón con mi felicidad”

Leandro Surce

 

 

 

Patrick Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia; 27 de junio de 1850-Tokio, 26 de septiembre de 1904) fue un periodista, traductor, orientalista y escritor británico (Léucade estaba entonces bajo administración británica), de madre griega y padre Irlandés (Irlanda estaba entonces también bajo administración británica), que dio a conocer la cultura japonesa en Occidente.

Mantuvo su nacionalidad británica durante la mayor parte de su azarosa vida,1​ hasta que, tras llevar un tiempo establecido en Japón, se nacionalizó en ese país, adoptando el nombre de Yakumo Koizumi.